Tres corazones tiernos perdidos en la calle

Me encanta callejear, así que he decidido ir a casa andando. No tengo prisa, quiero limpiar mi mente de palabras dichas y escuchadas y mi cuerpo del cansancio del día. Casi lo he conseguido, cuando escucho una voz:

—¡Bella!
La voz, cálida y rasposa, atraviesa el bullicio de coches y transeúntes y llega a mí con total nitidez. Por un momento pienso que la bella soy yo, pero enseguida descubro a la auténtica Bella, al hombre que la llama y a Sultán, el guardián que los custodia a los dos.
Los tres habitan en un recodo de la acera, donde han construido su micro mundo con cartones y colchones sucios.
Me quedo contemplando a Bella, a Sultán y al hombre de cerca. Por alguna razón, no puedo despegarme de ellos.
Bella es una galgo que parece una poetisa del siglo XIX, lánguida y decadente. Ajena al mundo, como si lo único que la mantuviera ligada a la vida fuera cuidar de aquel hombre desprotegido que le acaricia el lomo. Sabe que él la salvó del mal trato cuando estaba en buenas condiciones, y ahora que él está mal, ella no puede fallarle.
—¡Sultán!
Sultán, un precioso pastor alemán que conoció mejores días, mira al hombre con respeto, y luego a Bella embelesado. Tengo la sensación de que no podría vivir sin él ni sin ella. Por como entorna los ojos, diría que por él siente veneración, y por como la roza al pasar, estoy segura de que a ella la ama. Sultán se mueve con ademanes de jefe de la manada, no le ha quedado más remedio que asumir el mando de la situación. Es un jefe que más que mandar obedece. Mira aquí y allá con cara seria, como para asustar a todo aquel que se atreva a romper este círculo de amor invisible que han construido los tres.
El hombre, que igual que Bella y Sultán está claro que ha conocido la crueldad de los hombres, no tendrá más de 40 años. Sentado en la acera, con la espalda apoyada contra la pared, mira al infinito desde sus ojos vidriosos. Me llama la atención su sonrisa. Es una sonrisa sincera. Creo que es la sonrisa de un hombre que un día descubrió que solo conseguía ser sincero cuando llevaba una copa de más, y le gustó. Le gustó la sinceridad y le gustó el vino. Así que siguió bebiendo.
«Buena gente», pienso. Una persona que no ha sabido encontrar la manera de ser sincero consigo mismo y con los demás, sin estar ebrio. Me pregunto cuantas personas, como él, andarán perdidas por el mundo viviendo en casas de papel o en castillos en el aire. Me pregunto cuánta buena gente se ha quedado atrapada en el entramado de esta vida maravillosa, atroz, misteriosa…
Echo a andar de nuevo para casa. «Tengo una casa», me digo, mientras saboreo la última imagen de Bella, Sultán y ese hombre sincero. Les doy las gracias a los tres por la ternura que me han regalado y que espero saber compartir, al menos, con las dos primeras personas que me encuentre en mi camino.

Foto por Simone Daino

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