The Best is Inside

Ayer, sentada en un banco de la Avenida Diagonal de Barcelona, me dediqué a uno de mis hobbies preferidos: observar a las personas que pasean. Me fijé en que el 98 por ciento de los transeúntes caminaba con el móvil en la mano o colgado en algún lugar a la vista, y diría, sin miedo a equivocarme, que el 80 por ciento de ellos andaba mientras consultaba, escribía o escuchaba algo en ese aparato que se ha convertido en nuestra sombra.

Sentí una enorme compasión por los perrillos. La mayoría de ellos, supongo, se preguntarán qué contiene esa cajita rectangular que les ha robado la atención de sus colegas con los que antes conversaban y jugaban buena parte del día. Me pregunté si a los niños también les dolerá tener que compartir la mirada y el amor de sus padres con la caja rectangular. Tal vez por eso la mayoría de ellos se han metido tan adentro de la pantalla que se han perdido, algunos, para siempre.

The best is inside, leí en el escaparate de una tienda que tenía en frente.
La sociedad que hemos montado entre todos es bien curiosa, ¿no os parece?

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