Se juró que nunca se lo diría a nadie

Se juró que nunca se lo diría a nadie, pero al final me lo cuenta a mí para que yo se lo cuente al mundo

Se dijo a sí mismo que cuando saliera de aquel antro nauseabundo, nunca hablaría con nadie de lo que había pasado allí. Sin embargo, aquí está, contándome su historia con la esperanza de que su sinceridad pueda ayudar a otros.
—Nada más llegar ya quería irme —me dice, mientras tomamos una cerveza en una placita soleada.
Bebo un sorbo, y acojo con la mirada a Jose, así me ha dicho que lo llame, aunque no es su verdadero nombre. Jose tiene los ojos pequeños y de color verdoso, el pelo pincho y el cuerpo espigado.
—Aún me acuerdo —continúa Jose—, del perfume dulzón que impregnaba el aire. Estuve a punto de vomitar y salir de allí por patas.
Jose baja los ojos y hace una pausa que yo respeto.
—Por desgracia, ni vomité ni salí corriendo, al revés, me escondí detrás de las risas y los chascarrillos de mis colegas que, me imagino, estaban tan nerviosos como yo.
Jose hace otra pausa, y yo bebo otro sorbo de cerveza demasiado amarga para mi gusto.
Por primera vez mi confidente me mira directamente antes de decir:
—Era el cumpleaños de uno de mis colegas y aquello —enfatiza—, era nuestro regalo.
Quiero preguntar cómo se les ocurrió ese regalo, pero no me hace falta, él me lo cuenta:
—Pillaron el paquete por internet, en una de esas páginas porno, no sé, era una oferta, una tarifa reducida para un grupo de cinco chicos, así que… cuando mi amigo me pidió que los acompañara, no me pude negar. —Esta vez Jose gira la cabeza hacia un lado—. Bueno, sí, me podía haber negado, pero no quise hacerle el feo o… no me atreví a decirle que no, o tenía curiosidad… No sé. Además, era la primera vez que me pedían que fuera con ellos de fiesta.
«Los mayores acogiendo al “pequeño” en la manada, demasiado tentador para negarse», me digo.
Me mantengo en silencio hasta que Jose encuentra la manera de seguir con la historia:
—La sala era horrorosa… las cortinas… los espejos que llegaban hasta el techo… la luz roja… Cuando salieron las chicas… casi desnudas y… empezaron a pasearse por la habitación… me parecieron fantasmas… algunas eran muy jóvenes… Uff, me puse fatal.
Tengo la sensación de que la cosa se pone fea.
—¿Sabes de quién me acordé? —Una nube negra cruza los ojos de Jose.
—No—. La negación me sale un poco rota.
—De mi chica.
Otro sorbo de cerveza amarga.
—Me acordé de ella y de lo que me había dicho dos días antes.
—¿Qué fue? —consigo preguntar.
—«La primera vez tiene que ser inolvidable», me dijo.
—Ya —me sale, al tiempo que me lo imagino a él y a su chica embelesados el uno en el otro.
—Bonito, ¿no? —A Jose se le quiebran los labios.
—A mí me lo parece —susurro, solo para acompañarlo en su pena.
—Estábamos tumbados en la cama, en la habitación de ella, y escuchábamos música, cada uno con un auricular, nos gusta compartirlos… Entonces, de repente, se volvió y me pidió que esperáramos hasta el siguiente fin de semana, cuando sus padres se fueran a la playa, no quería que lo hiciéramos… —A Jose se le hace un nudo en la garganta y necesita toser para deshacerlo—, con prisas.
Quiero decir algo, pero todo lo que se me ocurre me parece absurdo.
—Así quedamos antes de que yo me dejara arrastrar por los chicos… a ese antro…
Espero que Jose acabe la frase, pero la deja en el aire.
No me atrevo a preguntarle cómo fue su primera vez,, ni si al siguiente fin de semana quedó con su chica.
Nos quedamos mudos los dos. Yo con mi cerveza, demasiado amarga, él, supongo, con el perfume dulzón pegado en su piel y la culpa en algún bolsillo de los tejanos.

Photo by K. Mitch Hodge

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