No la odio por nada, la odio con motivo

Esta mañana, justo al pasar junto a una terracita donde había un par de chicas tomándose un café con leche, he oído que una le decía a la otra: «Es que no la odio por nada, la odio con motivo.» Su expresión ha sido tan sincera y espontánea que no he podido evitar sonreírme.

No tengo ni idea de quién puede ser la «odiada», ni la razón del odio «motivado» que tenía esa chica con cara de niña traviesa.

«¿Cómo va a odiar a nadie esta buenaza?», me ha salido.

Mientras seguía mi camino hacia otro de mis recados, (he estado a punto de soltar que los odio, a los recados) me he dado cuenta de lo poco que nos fijamos en lo que decimos, como si las palabras fueran inocuas. Hay un refrán que dice que las palabras se las lleva el viento, pero yo no lo creo. Las palabras no se las lleva el viento ni las mareas, sino que quedan ancladas en nuestras células, en nuestros órganos, en nuestra sangre, en nuestra saliva… y nos envenenan o nos curan. No solo a nosotros, cuando las pronunciamos, sino a todos aquellos que las oyen.

¡Lo odio! ¡Qué rabia! ¡Qué miedo! ¡Qué asco de vida! ¡Qué horror! ¡Vaya mierda! ¡Yo voy a la mía! ¡Este mundo no hay quien lo arregle! ¡Vamos de mal en peor! ¡Uno no se puede fiar de nadie! ¡No se puede tener todo! ¡Solo los bobos son felices! ¡Yo no me creo nada, seguro que quiere algo a cambio! ¡No seas naíf!

Dejo que le deis la vuelta en positivo, si queréis, a estas expresiones tan conocidas y repetidas de manera inconsciente por la mayoría de nosotros. Estoy convencida de que si nos acostumbramos a las palabras amables, dejaremos de odiarnos y de odiar a los demás, incluso aunque tengamos motivo.

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