Los noes me dan la fuerza del sí

Os confesaré un secreto, durante años me costó encajar el rechazo. Cuando alguien, de una manera u otra, me decía que no, me rompía por dentro y reaccionaba como un animal herido: a veces con rabia, a veces me iba a mi guarida a lamerme las heridas.
Cuando era joven y aún no había descubierto mis puntos débiles, ese miedo visceral a no gustar, a no encajar, a ser diferente, lo escondía bajo la apariencia de la «sobradez». Es decir, me decía a mí misma, de manera inconsciente, claro, que no necesitaba a nadie. Así que nunca contaba mis penas, mis miedos o mis debilidades a mis amigos ni a mis parejas, ni siquiera a mi familia. Al contrario, por muy mal que estuviera, siempre tenía un consejo positivo para todo aquel que se cruzaba en mi camino.
Lo que he descubierto con los años, es que puedes engañar a todo el mundo, incluso a ti mism@, pero no puedes mentirle a la vida. Y, ¿sabes por qué? Porque la vida nos quiere tanto que convierte nuestros miedos en realidad y nos los espachurra en la cara. Y, ¿sabes por qué la vida actúa de esa manera que a primera vista parece cruel? Porque quiere que nos amemos tanto como nos ama ella.
Así que ahora, a pesar de que aún me cuesta, me muestro con la mayor sinceridad de la que soy capaz y cuando recibo un no por respuesta, me acuerdo del amor que la vida tiene por mí y me digo: «si una puerta se cierra, seguro que en algún lugar me espera otra abierta.» Sí, eso me digo.

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