Instantes compartidos

Me pregunto de dónde vienen y adónde van las palabras que compartimos los
humanos en nuestros encuentros. A veces tengo la sensación de que aparecen
y desaparecen en el aire como pompas de jabón, y otras que surgen de las
entrañas de la Tierra y arrasan con todo.
Me encantaría saber si es el silencio quien fabrica todas las voces al
mismo tiempo que las recicla por tandas, dándoles un tono, una vibración y
un matiz diferente según la ocasión.
También me cuestiono si las palabras se desvanecen nada más ser
pronunciadas o existe un depósito, una especie de diccionario universal,
donde se almacenan por idioma y orden alfabético.
Si os digo la verdad, lo que más me intriga y me fascina es averiguar
quién fue el primero que nombró «algo» y lo materializó. Es decir, convirtió el
vacío de los átomos, en objetos y sujetos. Para mí ese es el gran misterio de la
humanidad, es más, si lo pensáis un segundo, sin ese primer sonido no habría
personas, ni mundo, ni humanidad, solo energía jugando con los elementos
para crear formas y seres sin nombre.
En realidad, para seros sincera, no me importa tanto el origen o el
significado de las palabras sino su poder. El poder que tienen de hacernos
creer que creemos en algo por el simple hecho de haberlo oído en boca de
otros. El poder que tienen de unirnos o separarnos. El poder que tienen de
crear instantes compartidos que no pertenecen a nadie.

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