Humor que corroe

Leo en la columna de una escritor al que admiro, que en esta vida solo pueden ser felices aquellos que son un poco bobos o naif. El autor defiende que la felicidad es un concepto moderno, y que jamás lo había escuchado en boca de sus padres ni de sus abuelos, no porque no lo conocieran, sino porque no lo concebían como una posibilidad real.

El estilo ágil, el humor punzante y la impecable argumentación de mi estimado escritor me lleva hasta el final de la breve columna casi sin respirar. Al acabar quiero esbozar una sonrisa para aplaudir sus palabras, pero no puedo.

Me pregunto qué hay entre estas líneas de humor que a mí me ha generado una tristeza incalificable. Me digo a mí misma que igual tengo un mal día o un problema irresuelto con la felicidad. Releo la columna otra vez.

El autor viene a decir que somos una sociedad enferma y que nuestros males son crónicos: la pobreza, el hambre, la injusticia social, la violencia de género, la destrucción de la naturaleza y sus causas, la explotación animal, las epidemias…

Mi admirado escritor argumenta el sufrimiento irresuelto que los humanos arrastramos desde el origen de los tiempos, con palabras tan ácidas como precisas que yo digiero como un batido de chocolate negro y plátano, que me encanta. «Razón no le falta», me digo a mí misma al llegar al final, con una dosis más elevada de tristeza incalificable.

Por suerte, una mosca se posa en la pantalla de mi ordenador y se lleva mi tristeza incalificable y mi atención al cielo.

Contemplo la negrura de las nubes, a punto de descargar una buena tormenta, y me autoproclamo naif, incluso boba, y me alegro de encontrar felicidad en este instante y retazos de belleza escondidos en todas partes. Empieza a llover. No puedo negar el sufrimiento, quién puede, pero la próxima vez no dejaré que el humor me corroa el alma.

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