¿Cuántas veces te has hecho esta pregunta?

Leo en un libro del Rudolt Steiner, creador de la corriente antroposófica, que el rostro humano deja de mutar a los 21 años. Es decir, a esa edad nuestra cara refleja todo lo que hemos absorbido a lo largo de la infancia y la adolescencia. Por decirlo de otra manera, la máscara del personaje que nos hemos configurado durante esos años se pega a la piel y se convierte en nuestra tarjeta de presentación: «Hola, qué tal, soy menganit@ y soy así.»
No sé tú, pero yo he vivido la mayor parte de mi vida interesada en el personaje. Muy a menudo me preguntaba: ¿quién soy?, pero en realidad no quería una respuesta sincera, solo mantener a mi personaje un poco más contento. No quería desprenderme de él, me gustaban sus gustos y odiaba sus defectos, pero lo amaba en secreto.
Tras dejar el libro en la mesilla de noche, me levanto y voy al baño. No sé si lo habéis probado, pero situarse cara a cara frente al espejo y mirarse un buen rato a los ojos no es fácil, al menos para mí.
Primero rehúyo un poco las formas de mi máscara que tan bien conozco, pero al final me atrevo a adentrarme en ella y preguntarme: ¿quién soy?
Durante unos minutos, el espejo me recuerda que tengo el pelo rizado y los ojos verdosos de mi madre, y la nariz, los labios y la sonrisa amplia de mi padre.
«¿Quién soy?», me pregunto de nuevo, «quién es el “ser” que habita más allá de estas formas.
Cierro los ojos.
Dicen que cuando nacemos a este mundo el alma se asusta y se esconde muy cerca del corazón y, desde su escondite, nos sopla una palabra bonita con cada latido. Dicen que de bebés escuchamos esas palabras cada dos por tres, incluso jugamos con ellas, pero que poco a poco enfocamos nuestros sentidos hacia afuera y acallamos la voz del alma. Dicen que de esta manera nos olvidamos de quién somos realmente y nos convertimos en retratos de otros hechos con pedazos de otros. Así es como construimos nuestro autorretrato, nuestra máscara.
Una vez más, con los ojos cerrados, me pregunto quién soy. La oscuridad me abre a lo intangible y me muestra lo inmutable. Los sentidos se vuelcan hacia adentro y me hablan en silencio: Yo soy, dicen, pero ya no hay nadie, ni dentro ni fuera del espejo.

Foto por Vlad Hilitanu

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