Cuando uno vive no ve la vida

Hay vidas que salen disparadas como flechas y se pierden en el cielo, otras se aferran a una rotonda y se quedan ahí dando vueltas por mil años, a muchas les gusta subirse a un Dragon Khan de cola retorcida y boca de fuego; unas cuantas, no pocas, viven en la oscuridad, mientras que cientos de miles entregan su existencia a la luz de los focos. Hay vidas para todos los gustos, porque a la vida le gusta experimentar y es muy caprichosa y, que yo sepa, nadie ha conseguido pararle los pies hasta ahora. 

Por mi parte, os diré que yo estaba convencida de que me había tocado una vida laberinto, sin hilo que me llevara hasta la salida y con muchos monstruos fuera y dentro de mi cabeza. Andaba y corría de acá para allá por largos pasadizos que siempre acababan frente a un muro que por desgracia no era de hojas verdes, sino de piedra. Muchas veces me preguntaba por qué, por qué me había tocado esa vida caótica de búsqueda sinsentido. Muchas veces me desesperé, me dejé caer y lloré, pero volvía a levantarme, machete en mano, dispuesta a abrir un nuevo camino.

Es curioso, cuando uno vive, no ve la vida. No nos damos cuenta de que la vida nos habla a través de los demás, a través de las situaciones que nos llegan, a través de los muros de piedra.

Por suerte, la vida no se cansa nunca de llamarnos. Por suerte, un día oí su voz dentro de mí que me decía: ¡Entrégate! 

Así fue como me encontré frente a la puerta del laberinto y mis monstruos yo nos abrazamos y, juntos, nos entregamos a la vida para que la vida nos viviera. 

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