Consejos vendo, pero para mí no tengo

Nadie nos enseña a ser padres ni tampoco a ser hijos. La vida nos lanza a la vida y cada uno de nosotros hace lo que puede. Estas cuatro líneas no las escribo para señalar a ningún culpable, sino más bien para reflexionar sobre lo inocentes que somos todos.
A menos de que uno tenga el corazón un poco roto, los bebés mamíferos, sean de la especie que sean, nos despiertan una gran ternura. Los bebés humanos, por ejemplo, con sus muecas, gorgoteos, gimoteos, sonrisas y llantos nos encandilan aunque no queramos. Imagínate si eres su madre o su padre; y, ahí voy.
De la noche a la mañana, a una persona se le pone un recién nacido entre los brazos y se da por supuesto que va a alimentarlo, quererlo, cuidarlo, educarlo y, sobretodo, va a saber cómo estimularlo para que prospere en esta sociedad que hemos montado entre todos.
Sin embargo, nadie nos avisa de que esa criatura, nada más nacer, ya tiene «su vida.» Es decir, nadie nos dice que podemos acompañar a nuestro hij@ en su camino, pero que solo él o ella podrá recorrerlo. Nadie nos dice que nuestra experiencia no le sirve, porque solo puede aprender a través de su propia experiencia. Nadie nos dice que nuestros errores y aciertos solo son nuestros, y que él o ella debe acertar y equivocarse por su propia cuenta.
No podemos evitar dar consejos a nuestros hijos como si estuviéramos en poder de la verdad. Tenemos la osadía de decirles cómo deberían vivir y qué deberían hacer, en muchos casos sin tener ni idea de cómo afrontar nuestro propio destino.
Me pregunto sino sería bueno escuchar a nuestros chic@ de vez en cuando, confiar en ellos, en su criterio, en sus elecciones. Confiar en que en algún lugar de su piel tienen escrito el propósito de su viaje en esta vida y que, por muchas vueltas que den, sus vueltas, acabarán encontrando la puerta, aunque a nosotros nos parezca la puerta de un desván, para ellos puede ser la puerta del paraíso.

Photo by Isaac Quesada

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