Aprender a ser vulnerables

El lunes pasado tuve un despertar terrorífico. Mientras me preparaba el te de la mañana, oí un estrépito que me puso los pelos de punta. Sin tiempo de dar el primer sorbo a mi brebaje preferido a esas horas, corrí hacia el baño con un mal presentimiento que, por desgracia, se cumplió: Me encontré a mi compañero tirado en el suelo, con un charco de sangre a su alrededor.

Nunca he podido con la sangre, ni en las películas. Soy de las que se tapan los ojos hasta que terminan las escenas donde se insinúa la más mínima violencia, y eso que me encanta la acción, el misterio y las series policíacas. En fin, en este caso, como en la mayoría de ellos, la realidad superó la ficción en todos los sentidos.

Al ver el cuerpo de mi compañero en aquella situación, desnudo, inconsciente y con la cabeza llena de sangre, mi corazón dio un vuelco. Me acerqué a él mientras soltaba frases inconexas y me preguntaba a mí misma, en voz alta, qué hacer y a quién recurrir. Supongo que pronuncié la palabra hospital, porque mi compañero, que por suerte volvió en sí a los pocos minutos, empezó a repetir: No, al hospital no. No, al hospital, no.

Llevo más de treinta años tratándome con homeopatía y mi médico se ha convertido en mi amigo, así que se me ocurrió llamarlo a él. Eran las siete de la mañana, pero Josep María, nuestro médico, no tardó más de quince minutos en llegar a casa, curar las heridas de mi compañero y tranquilizarme a mí.

Hay otra frase tópica que por desgracia también se cumple muchas veces, que dice que las cosas nunca vienen solas. Así que, además del susto de la caída, tanto mi compañero como yo dimos positivo en ese virus que ahora es tan famoso. Por suerte, una vez más, nuestro médico homeópata, nos ha tratado con mimo y con éxito durante todo el proceso.

Hoy es lunes de nuevo, un nuevo lunes, un nuevo día. Hoy la caída de mi compañero es solo un recuerdo, una cicatriz en la línea de la vida. Hoy doy gracias porque los dos hemos superado una situación y nos hemos inmunizado contra el virus del momento, pero, en especial y de todo corazón, doy gracias por tener un médico en quien confiar, un compañero con el que compartir los buenos momentos y los difíciles, y unos amigos que han estado con nosotros al otro lado del teléfono.

No es fácil sentirse vulnerable, saber que podemos perder lo que más queremos en un segundo. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de que nuestra vida está en manos de la vida, lo más grande que podemos hacer es VIVIR.

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